15 de junio de 2011

Demagogia, indignación, secuestro y violencia


La televisión pública catalana, en su Telenotícies, ha cargado duramente, con dosis de demagogia difícilmente digeribles, contra el mismo movimiento que ha contemplado con una cierta simpatía durante semanas. Hoy se ha traspasado, como el mismo presidente Mas ha subrayado, la "línea roja" y los medios se han apercibido de ello: mientras el movimiento quedaba restringido a lo episódico era aceptable. Hoy, que ha intentado dar un golpe de fuerza, ha sido demonificado. Nada nuevo.

Era previsible, tras el evidente secuestro del movimiento aquí en Catalunya por parte de la izquierda tradicional, los "profesionales de la revolución" y los grupúsculos antisistema, que se intentara forzar en la calle el curso de los acontecimientos y se confundieran, como siempre, los deseos con la realidad. La izquierda quería utilizarlo para desgastar al gobierno pero a sus hijos (los "profesionales" y los antisistema) se les ha acabado la paciencia y las contemplaciones: ven la revolución a un paso aunque nadie con dos dedos de frente (salvo ellos y los tertulianos de Intereconomía) pueda hablar seriamente de una marea revolucionaria: como mucho unos tres mil manifestantes han intentado impedir la sesión parlamentaria por la fuerza algunos y mediante la resistencia pacífica otros.

Arcadi Oliveres, uno de esos santones que aspira a liderar espiritualmente el movimiento, se lamentaba -y condenaba- el uso de la fuerza y el intento de bloqueo del Parlamento. Se hacía eco de la división existente entre los "profesionales de la revolución" y secuestradores izquierdosos y los "originarios" animadores del movimiento y, ante la imposibilidad de trazar una línea de demarcación entre ambas corrientes -ya es demasiado tarde-, ha acabado por insinuar que los incidentes podrían haber sido causados por policías camuflados. Y aunque uno sabe que eso ha pasado en ocasiones no puede evitar una sonrisa: si tenemos que acudir a semejante disculpa conspirativa es que estamos, como siempre, mal, muy mal.

Ahora arreciarán, en Catalunya, las homologaciones entre el movimiento y el fascismo. Ya lo ha hecho la señora Montserrat Tura que creía poder obtener un rédito para su partido del secuestro progresivo del movimiento y se ha llevado la desagradable sorpresa de que le han pintado una cruz negra en su blazer y la han insultado, como a otros prohombres de la izquierda moderada (que han sido los que más han recibido, por algo los secuestradores los consideran "traidores"). Apenas ha tardado unos minutos en señalarse a sí misma como víctima de estos "nuevos fascistas" así que es probable que la ola deslegitimadora del movimiento se extienda pronto al resto del estado utilizando como ejemplo esta "violencia fascista" de hoy y que, al tiempo, acabe alejándonos aun más a la mayoría de los que les prestábamos nuestro apoyo inicial.

Uno ya hace semanas que observa con escepticismo y distancia el movimiento en Catalunya. No puede negar que no se ha sentido precisamente dolido con los manifestantes por zarandear al insigne ex-conseller Maragall, la ínclita ex-consellera Marina Geli o la misma Montserrat Tura, tan pijoprogres ellos y pagados de sí mismos que esperaban poder caminar tranquilos entre los vítores de sus radicales y se han encontrado, por contra, con los frutos del "huevo de la serpiente". Al menos los parlamentarios más derechistas sabían que no les esperaba nada bueno y la mayoría han optado por acudir en furgonetas policiales brindándonos una bella escena.

Sin embargo, no hay motivo para alegrarse. Cada vez es más claro el finiquitamiento del movimiento en su versión más atractiva y democráticamente "fuerte". Cada vez mayor la frustración y la pérdida de legitimación de las instituciones democráticas y, consecuentemente, el riesgo de una entrega de la mayoría a la solución revolucionaria.

Ojalá uno se equivoque y todo quede en una mera revuelta mediática y la tentación totalitaria se aleje.