24 de febrero de 2014

Miserias pedagógicas


El Blog de Alberto Royo está entre los más interesantes que uno ha leído en torno a temas educativos o, mejor, en torno a asuntos relacionados con la enseñanza. Ya se ha dejado constancia más de una vez en estas páginas. Alberto es una persona razonable y ponderada, virtudes que hoy día no abundan precisamente. Virtudes que, es más, son sospechosas para la inmensa mayoría de las élites productoras de opinión de este país (denominarlas "intelectuales" es excesivo). Por fortuna, él persevera en cultivarlas y las traslada a las reflexiones que publica tanto en la prensa escrita como en sus cuadernos.

Pues bien, el bueno de Alberto se las ha visto en un debate de La 2 con la inefable María Acaso y con el economista metido a pseudopedagogo Sebastián Barajas. El programa no tiene desperdicio y muestra la objetiva confluencia entre la jerigonza pedagógica progresista y el neoliberalismo: su connivencia, a poco que uno esté atento, se muestra de manera escandalosa y vuelve a apuntar la necesidad de que la izquierda vuelva a pensar la enseñanza si no quiere seguir protagonizando el papel de "tonta útil" que le han aisgnado ciertos poderes a los cuales, además, dice combatir.

Por otro lado, Xavier, tras verlo, se pregunta "¿Qué clase de país puede ser aquel en que alguien como la Sra. Acaso está dando clases en la universidad?". Pues éste en el que para dar conseguir un puesto de docente basta con medrar y arrastrarse un poco (o mucho). Sólo en un país como éste en el que la endogamia y el nepotismo son los criterios únicos y exclusivos de acceso a la docencia universitaria (con algunas honrosas y coyunturales excepciones en el ámbito de las ciencias "de verdad") pueden producirse especímenes de esta índole. No es extraño que ninguna universidad del estado español esté entre las mejores de Europa (por no hablar del mundo).

P.S: Por cierto, hoy publica en su cuaderno sus respuestas a las objeciones que una tal Lucía le presentó en la web de TVE y no tienen desperdicio. Esta Lucía parece uno de esos docentes, afortunadamente minoritarios en la Secundaria catalana, que hacen de la apología de la desmemoria y el emotivismo el eje de su actuación. Esos mismos que, hasta donde uno recuerda, acostumbran a coincidir con ese grupo de docentes, también todavía en minoría en la Secundaria catalana, que suplen con su verborrea, calidez y "amistad hacia los alumnos" la falta de compromiso, seriedad y rigor en su trabajo.